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Last updateJue, 03 Ago 2017 3pm

Así fue el Encuentro con el Escritor: Gerardo Meneses


Algunas de sus frases:

“Me inspiran: la vida, el despertarme cada mañana, mi trabajo, quienes amo y la luz de una historia que un niño me relate para desatar en mí una historia que tenga algo de jocosa, pero que pueda ser inspiración para otros pequeños (…)”


"Escribes sobre lo que conoces"


"No sólo es analfabeta el que no sabe leer, sino el que sabiendo leer, no lee"


"Saber que hoy iba a estar acá (refiriéndose a la visita al San Bartolo), era una inspiración"

El pasado jueves 24 de abril, como parte de la celebración del Día del Idioma, el Grado Quinto recibió la visita del escritor colombiano Gerardo Meneses Claros, quien con sencillez, 22 libros infantiles y juveniles, gran capacidad de observación y una sabiduría envidiable en su ser, refleja la esencia de un maestro capaz de escuchar y transformar las palabras de un niño en historias dignas de una película.

Los siguientes son apartes del diálogo sostenido con los estudiantes de Grado Quinto del Colegio San Bartolomé la Merced:

¿Quién te inspiró para ser escritor?

Lo tengo muy claro, mis primeras maestras, la profesora Elvia y la señorita Mery me acercaron a los libros; ellas abrían la biblioteca del salón que permanecía siempre con llave y me pasaban unos libros grandes, ilustrados, con unas historias que no alcanzaba a leer, pero que aún hoy recuerdo. Luego, me invitaron a escribir y aunque no tenía claro sobre qué, inventaba historias que ellas sabían que no eran reales, pero me daban licencia para seguir creándolas; me permitían leerlas en público y las validaban como buenos textos en las lecturas del aula y en las izadas de bandera. Los chicos grandes se reían y yo pensaba que era por las historias, pero realmente se burlaban por las locuras que escribía. Todo esto me fue motivando a escribir más y más. Mis maestros quisieron y pudieron formarme. A lo largo de mi vida ellos se dieron cuenta de mi capacidad para acercarme a los libros.

 

Vengo de una familia de cafeteros, mi hogar era una finca cafetera, fuimos 11 hermanos, y los mayores se ponían a hacer sus tareas  y me gustaba coger sus libros para ver los dibujos y hacer que leía. Luego, llegué a la escuelita, aprendí a leer rápido y mi profesora lo apreció mucho, me prestaba libros, me encantó desde los 6 o 7 años. Desde este grado primero, mis profesoras se dieron cuenta, me apoyaron, me pedían escribir. Luego, me pedían leer mis textos frente al curso o en las izadas de bandera y ello fue impulsando mi creatividad y mi imagen como escritor entre mis compañeros.

¿Para qué escribes?


¿Qué te inspira a hacer todo esto?

Me inspira el estar vivo, despertarme cada día para vivir, respirar, moverme, tiene que ver el hecho de tener la vida que he vivido, lo que hago cada día, mi familia, la necesidad de escribir, el enseñar, quien soy.

¿Tus padres te ayudaron a ser escritor y a escribir algo?

No totalmente, pero al menos no se atravesaron. Mi papá está vivo, es el tronco de una familia muy grande, y cuando estaba joven me mandó a Bogotá a que estudiara una carrera y cuando le dije que quería ser escritor, me dijo que no iba a estar conmigo toda la vida, que creía que sería médico o algo así. A pesar de esto,  reconoció mi posibilidad de ser lo que quería, a pesar de su gusto. Hace unos días en una entrevista con la Revista Semana, les dijo que siempre supo que iba a ser escritor; finalmente no se atravesaron, me pagaron los estudios y junto con mis hermanos nos dieron un apartamento en Bogotá para alojarnos y estudiar.

¿Gabriel García Márquez te inspiró en algo durante la carrera como escritor?

No, él no es un escritor infantil, él es un mito desde antes de morir. Recuerdo que en mis estudios de pregrado, fue un referente inmensamente grande, de hecho he leído muchas veces “Cien años de soledad”; me encanta como escritor y ser humano; realmente he leído muchas de sus obras.
¿Conociste a Gabriel García Márquez?

Sí, lo vi cuando fui a la Feria del libro de Guadalajara en 2002, en homenaje a Carlos Fuentes. Lo vi, pero lo conocí realmente, a través de la lectura de sus libros.

¿Has tenido dificultades para escribir tus libros?

Sí, muchas. Por ejemplo: ser adulto y escribir para niños es difícil, estamos en diferente nivel, para llegar allá arriba, se requiere un texto bien escrito, que se entienda, que les llegue. Es fácil llegarle a un adulto porque manejamos el mismo lenguaje y muchas experiencias, pero con los niños esto es lo primero, llegarles.

Segundo, el tema dado por el editor: muchas veces me proponen escribir sobre algo que les interesa, pero arranco, y no es fácil pero finalmente fluye. Salen historias de hechos de la vida real y como detonantes requiero buscar temas.

¿Cuál creación te ha gustado más?

De los primeros, cada uno tiene un encanto particular; son como hijos y todos son buenos, los amo. También, en relación con el conflicto armado, tengo ideas para otros temas: por ejemplo, para el 2015 o el 16, tengo en mente la tercera mirada del conflicto: voy de los niños en el campo, a la niña en la ciudad, y quiero la historia de los niños llevados por la guerrilla a la fuerza y rescatados. Ahora, es ver los niños dentro del conflicto.

Ahora, en la Feria del libro sale mi libro “El rojo era el color de mamá”, segunda parte sobre el conflicto armado colombiano, pero desde otra mirada. En “La luna en los almendros”, Enrique y su hermano son los protagonistas, pero aquí es una niña que vive en Bogotá, vive la tragedia del Club El Nogal, el conflicto está ahí. Los dos libros no se parecen, pero sí se complementan, son del mismo tema. Ahora lo leo y me encanta, me encanta lo que logré.

¿Cuántos libros escribes por año?

No, es difícil; a veces, uno por dos años, "La luna en los almendros" la escribí en el 2011 y sólo para el 2015 tendré otro.

¿Cuántos libros escribes por año?

No, es difícil; a veces, uno por dos años. “La luna en los almendros” la escribí en el 2011 y sólo para el 2015 tendré otro.

¿A qué edad escribiste tu primera historia?

En tercero de primaria: en Pitalito, cuando era niño, mi papá nos decía que no jugáramos en la calle y las vacaciones eran en la casa; afortunadamente, la casa tenía un patio con espacio suficiente; no nos dejaban ver televisión, porque embrutecía, no existían los computadores ni los video juegos como ahora y un día, la profesora me pidió, al regreso de unas vacaciones, un relato sobre ellas. Sin saber qué escribir porque sólo era el patio de la casa, relaté algo increíble: me  inventé un río, con cocodrilos, maté a uno de ellos, lo abrí por la panza, pero… estaba en la casa. Luego, leí y mis compañeros me decían ¿Si?, ¿Verdad? ¿Hizo todo eso? La profesora se reía, le preguntaba y yo le afirmaba que así era, aunque sabía que no. Ella era como una cómplice. Posteriormente, me pidió que en una izada de bandera debía leer la historia. Extrañado, la preparé, la leí, todos se reían, pero los grandes realmente lo que hacían era burlarse, pues sabían que no era real, era imposible.

Otro día, mi compañero de mesa me ofreció gaseosa y pan si le escribía su historia para la clase, pues no sabía qué hacer. Le escribí un cuento, cambiamos cuadernos: le inventé un tren, pero de dónde si en esta zona ni existían, creo que tal vez de cine. Él, empezó a leerlo ante la clase, me miraba extrañado por lo escrito, pero seguía leyendo. Realmente, siento que la profesora se dio cuenta, pero como que me perdonaba estas cosas, y con ello me permitió seguir escribiendo, me decía que estaba bien, fue su forma de apoyo, me estimulaba a seguir creando.

Ahora, todas mis historias tienen una investigación, tienen más indagación. “Carmen dijo que sí”, por ejemplo, surgió de algo que me contó un niño: siempre lo mandaban de vacaciones a Cartagena y siempre llegaba una niña a la casa del frente. Ellos se encontraban, hablaban, jugaban y se volvieron muy amigos. Su ilusión durante el año era verse y jugar en vacaciones.

Un año, cuando se reencontraron, para la niña fue sorpresivo ver al niño lindo, más grande. Él también la descubrió diferente; después de un año, salieron a jugar a la calle, los amigos los molestaron, jugaron mucho, y los amigos le decían a él “¡qué, ¿Ya le dijo a Juliana?!” Pero él les decía que no, que de qué hablaban. Finalmente, a él le quedó sonando la idea, y me contó que se decidió y le dijo a Juliana y “Juliana dijo que sí” y, desde esa frase surgió el título, pero con Carmen: no hay investigación, sino el seguimiento a una historia que me imagino y desarrollo.

¿Cómo logras esos títulos tan cómicos?

Esto me lo han preguntado profesores universitarios, es una facultad que tengo, salen simplemente.

¿Cuál ha sido el libro en el qué más te has demorado?

El proceso de producción más largo es el de “Danilo Danilero, cabeza de velero”: cuando estaba muy joven, hice un reemplazo en una escuelita, tomé 23 libros de la biblioteca, una pequeña que tenían en un rincón para preparar mi clase. Mi primera clase era sobre los sustantivos. Me presenté, tenía clase, íbamos a jugar, y les dije: miren tan lindos los libros; pero nada, ellos no mostraron alegría. Luego de un rato, me contestaron: siempre los mismos libros. Yo me creí innovador, pero no salió como quería, entonces, finalmente salimos a jugar, quedé en blanco, no supe qué hacer. Terminamos clase, me fui a mi casa sin saber qué iba a hacer.

Recordé que en el patio vi una pared y una puerta extraña e imaginé qué podía salir de allí: un monstruo, animales… Así, empecé un cuento: “Un muro en el solar”. Lo escribí a máquina, lo fotocopié, lo llevé, lo leí, les dije que lo había sacado de un libro y vi a los niños emocionados, y cuando terminamos de trabajarlo en clase, me hicieron saber que la historia no terminaba, querían saber más.

Llegué a la casa, no sabía qué hacer pues el libro no existía y no tenía de dónde sacar la segunda parte de la historia. Entonces me decidí, volví a escribir, les gustó, me pidieron más y para cada clase inventé algo y se fue formando una historia. Fue un proceso inmensamente complicado, por primera vez sentí que les gustaba lo que leían, pero también había partes en las que no. Por ejemplo, me decían “tan tonto, los niños no hablan así”, me corregían, pero les gustaba; entonces, le hacía cambios a los escritos. Me mantuve en decir que era de un libro, pero fui construyendo una historia. Al ir terminándola, hice pasar al niño del solar,  los chicos se divirtieron.

Volví a Bogotá. Vi que había un concurso del Ministerio de Educación, leí las bases del concurso,  sentí que mi historia era la adecuada: más de cien hojas, ilustraciones, saqué copias y lo envié.

Cuatro meses después, me llamaron y me lo gané. Descrubrí que era bueno para eso. Entonces, como no tenía nombre, lo llamé “Danilo danilero, cabeza de velero”.

¿Por qué ese nombre?

Porque no tenía nombre, lo leí para el concurso: el niño era amigo de la luna, ella lo subía a su cachito, él la abrazaba, y un día le dijo: Luna, te quiero mucho, eres mi Luna lunera, cascabelera y ella le respondió: yo también te quiero, Danilo Danilero, cabeza de velero, y así surgió el nombre.

¿Te gustaría escribir un libro sobre el San Bartolo?

Sí, aquí son todos muy atentos, generosos, pilos. Al Colegio tener tantos años, es una  tradición, es una Institución. Es muy valioso. Es un buen tema.

Por llevar su obra al cine, Gabriel García Márquez pensaba que la tergiversaban, ¿qué sientes por la tuya, que aunque sin ser descarnada, describe en forma bella el conflicto?

Llevarla es una propuesta de RCN Cine, es una propuesta a largo tiempo; ya terminamos el guión. Al principio, el director dijo que quería conocerme, estaba emocionado. Me gusta que pude hacer o participar en el guión:  Herney, el Director, me propuso que, si quería, podía aprender a escribir el guion, lo acepté, y sé que esta es mi novela, pero el guión es otra versión, cambian cosas, debe ser veloz, subir emociones y generar más expectativa que el libro para no ser monótono. Acordamos  hacerlo con mucho acompañamiento. Me gustó, por ejemplo, que el rol de la maestra se crece, le duele, se engrandece.

Realmente, hablando de Gabriel García Márquez, no me gustan las versiones de cine, especialmente, “Del amor y otros demonios”: prolongan, vuelven densos los hechos, igual en “El amor en los tiempos del cólera”: en una escena, el padre se demora en salir, se vuelve tedioso.

De mi obra, me gusta que no le cambian el nombre, es poético, lo dio el esposo de una profesora, en Cartagena del Chairá: un jefe de guerrilla me demoró, no me pude devolver de una visita a la zona de conflicto, sólo podía llevar un cuaderno, lápiz, y mi cerebro; decía que iba a contar cuentos, llevaba libros, y siempre me acompañaba un guerrillero. Pasé por muchas escuelas, en la obra, la profesora es un símbolo de todas esas maestras que luchan en las escuelitas. Al no poder devolverme, regresé a la escuela a dormir. Cenamos, atardeció, salió la luna inmensa, yo quedé embelesado por tanta belleza; el esposo de la profesora me miró, pero no entendió qué me pasaba Me dijo: “pero, ¿qué tiene de bonito la luna entre los almendros?” Y ahí surgió: cómo la paz de una zona tan hermosa y gente tan bella se ve irrumpida por la violencia sin razón de los grupos en conflicto, que no son ellos.

Para la puesta en escena, sueño que la maestra sea representada por Margarita Rosa de Francisco; en el guión, la maestra es de unos 40 años, no es tan joven como en el libro, pero para mí, ella es una excelente actriz, además es hermosa, con o sin maquillaje; además, envejecerla. Ya está el guión, quieren actores naturales, niños. Se debe pedir permiso a la guerrilla para llevarla a cabo en escenarios naturales…

¿De dónde surgen los temas?

Los busco, o ellos me buscan a mí. Salen, siempre, de algo real.

¿Qué decía el papelito que llevaba Enrique en su morral, en “La luna en los almendros”?

Tú, ¿qué crees? Siempre, un autor debe dejar al lector posibilidades para imaginar y por eso no lo escribí, ¿qué querían que dijera?

¿Cuándo publicaste tu primer libro?

Logré que me lo imprimieran por primera vez al ganarme un Premio del Ministerio y, luego, la Editorial Panamericana lo vio y me lo publicó.

¿En qué género ubicarías todas tus obras?

Me encantaría que fueran todas de humor, a pesar de las dificultades que presentan. En cada una, lo hago a propósito, pongo toquecitos de humor porque me encanta, me divierte y le agrada a los niños.

¿Por qué “La luna en los almendros” no se llamó La niña del fusil?

Me encanta tu propuesta y si me permites te la voy a robar. El título que le di parece no relacionarse con el contenido, no es tan conflictivo. Pero, si le pusiera la niña del fusil, sería muy directo; en cambio, “La luna en los almendros” es un golpe inesperado, la editorial pidió cambiarlo, pero este título llama a un lugar de paz que no debería ser irrumpido por la violencia. La niña del fusil, en la obra, es el símbolo de cómo se rompe la inocencia de los niños para ser parte de un conflicto desconocido; ver la violencia de un niño que no quiere estar en el conflicto y es obligado, es terrible.

Mira, en “Tato tiene novia”, Lucy era una niña hermosa, se enamora de un niño, pasa pero él no la nota. Me cuenta lo que siente, que está muy enamorada, me describe sus sentimientos, y yo le pido crecer, pero ella me explica que no es lo que quiere. Por otro lado, el niño, Tato, me cuenta que la niña es intensa. Yo, recibo las dos miradas, asesoro como papá y maestro, pero como lector veo una historia para escribir.

Con el tiempo, los amigos de estos niños se enteraron y empezaron a hacerlos novios. Yo seguía observándolos, escuchaba lo sucedido y surgió: “Tato tiene novia”. Duré un año con ellos, sus amigos los molestaban, eran “malos con ellos”, para acercarlos. Cuando estoy con los niños, salen muchas historias.

En las obras se cambian los nombres, generalmente los niños no saben que escribo sobre ellos. Con Tato me gané un premio; hoy día, Tato es arquitecto, pero cuando niño me decía que no me podía contar nada, porque lo escribía.

Igualmente, los lugares son inventados. Por ejemplo, nunca nombro mi pueblo, porque la creatividad me manda otra cosa; describo los lugares detalladamente, pero son inventados.

Mira, tengo un librito, pequeñito, que escribí hace muchos años: “Los colores del grillo”. Este, surge, nace de ser hijo de una familia numerosa. Tengo un sobrino gordo, gordo, que no quería volver al colegio y al hablar con él supe que estaba muy mal, lloraba, y yo le decía que no sufriera, que todos somos diferentes, pero no paraba, me relataba su sufrimiento. Entonces, le prometí un libro, y el me interrumpió cuestionándome si sobre un gordo, pero no fue así. Lo escribí sobre un grillo rojo que era criticado por todos los otros grillos que eran verdes, verdes. Sentía tanto las críticas, que se compró pintura, se bañó con ella y casi muere. Al ir al doctor, él le dijo que no volviera a hacerlo, que había puesto en riesgo su vida y que todos, de alguna manera, éramos diferentes, que no sufriera por ello, debía aceptarlo; no debía darle importancia y vivir. Mi sobrino lo leyó, le gustó, aprendió del cuentico, creció siendo feliz y, ahora, después de superar esa etapa en que todos somos gorditos y al crecer nos estiramos y adelgazamos, es un arquitecto profesional muy flaco. Tenía 8 años cuando le escribí el libro; se reía y es un recuerdo hermoso. Definitivamente, esta historia también se relaciona con los niños y con los temas que los tocan.

¿Crees que "La luna en los almendros" toque el corazón de los guerrilleros?

“La luna en los almendros” debería tocar el corazón de alguien de un grupo que genera violencia, aunque parece que sus corazones ya están muy blindados.

¿Qué escritor te sirvió de ejemplo para hacer lo que haces?

He tenido muchos escritores que me inspiran; en mi época, los libros no eran tan bonitos, pero mantuve una buena relación con el cine. Los domingos no podíamos estar con mi papá por su trabajo como cafetero, pero nos dejaba dinero e íbamos a cine. Me imaginaba ser el escritor del guión, pero más me inspiraron mis maestras. Recuerdo al escritor Juan Rulfo, él me permitió conocer México con sus palabras, quedé encantado con sus descripciones de los pueblos campesinos.

¿Dónde vives?

Ahora puedo estar poco tiempo en Pitalito; estoy vinculado con la escuela, pero a veces solo puedo estar uno o dos meses allí.

En este momento, ¿tienes historias sobre niños y cómo logras que te las cuenten?

No, en este momento no tengo historias de niños.

He observado que si el profesor es muy serio, no le cuentan historias, pero si es cercano y amable, los niños le comparten. El profesor debe esperar invitaciones para acompañar a sus estudiantes.

Por ejemplo, “Los chicos malos” tiene buenas historias. Surge cuando iba en mi carro y llegando a una esquina, una moto a gran velocidad me choca, veo cómo la moto sigue funcionando detenida contra mi carro y su conductor vuela, y pasa sobre el capó; la gente se acerca. Entonces, me bajo del carro, el chico se levanta, lo  veo con un pie fracturado y su brazo con un raspón. Él me mira pálido, me pasa un rollo con 4 billetes de $20.000, y me dice: “tranquilo cucho, tenga para que arregle el carro, pero no llame a la Policía”. Me dijo cucho… Él tenía puesta una camiseta de un colegio, distinguí el nombre. Luego, me dejó su número telefónico. Al día siguiente, mandé a arreglar el carro, me cobraron $64.000 y llamé al número de teléfono. Me respondió una voz muy arrogante, y cuando me identifiqué sólo me preguntó si necesitaba más dinero, que cuánto. Me molestó tanto su actitud, que le pregunté por qué sólo hablaba de dinero. Me respondió, de nuevo, tranquilo cucho… Hmmm… Seguimos hablando y volvió a ser despectivo; allí encontré la posibilidad de una historia, el joven prometió visitarme.

Tiempo después me visitó, pero ya con la moto arreglada. Hablamos mucho tiempo. Noté que era un muchacho impecable en el colegio y en la casa, se notaba que la mamá lo cuidaba, su camisa era muy blanca, él era muy guapo y tenía dinero y muchas admiradoras. Posteriormente, siguiendo su historia, descubrí que pertenecía a una red de adultos delincuentes, extorsionistas, con la que trabajaba. Tenía 17 años. No me regaló la historia y me prohibió utilizarla. Tiempo después, su familia decidió mudarse a Argentina para alejarlo de esta vida. Al irse, con ellos, me regaló la historia, pero me pidió regalías. Así, nació este nuevo libro.

Recopiladora: Johana Vega - Profesora de Lengua Castellana de grado 5° de Primaria.

Catálogo de la Biblioteca para consultar las obras de Gerardo Meneses

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